El niño sin nombre
El niño sin nombre en Siem Reap
La mayoría vivimos con la idea de que los problemas deberían tener solución, de que el esfuerzo debería servir para cambiar las cosas y de que, si una situación es lo bastante mala, seguro que alguien podrá arreglarla. Pero viajar despoja a menudo esas ideas de toda su comodidad. A veces un viaje te deja monumentos, paisajes y fotografías. Pero, de vez en cuando, te deja algo mucho más pequeño y mucho más pesado: el recuerdo de un niño sonriente con muletas en Camboya cuyo nombre hiciste todo lo posible por no conocer.
Esta es la historia de el niño sin nombre, un niño al que conocimos durante una estancia de tres noches en Siem Reap mientras visitábamos Angkor Wat.
Una de las cosas más difíciles de viajar por Asia siendo europeo es la pobreza que crees ver por todas partes. A veces es exactamente eso. Y otras veces es simplemente tu propia percepción, moldeada por tu educación, tus expectativas y tus ideas preconcebidas sobre cómo se supone que debería ser la vida. Pero, por debajo de todo eso, permanece una verdad incómoda. No puedes solucionar la vida de todas las personas con problemas que se cruzan en tu camino.
Llegando a Siem Reap
Habíamos llegado a Siem Reap, dispuestos a explorar el complejo de Angkor Wat. Encontramos un conductor en el aeropuerto y los seis nos pusimos en marcha. Mi primera observación fue que eran «civilizados». Estuve a punto de echarme a reír mientras preparaba el comentario para mis amigos españoles. La furgoneta tenía el volante a la derecha. Los españoles no pierden ocasión de soltarme eso de «¿por qué conducís por el lado equivocado de la carretera?» por ser irlandés, así que estaba totalmente preparado para meter un poco de cizaña.
Entonces me di cuenta de otra cosa.
Como copiloto, yo iba sentado en medio de la carretera. No el conductor. Y, una vez que me di cuenta, todo se volvió todavía más extraño. La mayoría de los coches que venían de frente parecían tener el volante a la izquierda. Pero no todos. El tráfico parecía funcionar gracias a una especie de optimismo colectivo y negociación mutua, más que a cualquier cosa que recordara la rígida lógica de los sistemas de circulación irlandés o español.
Mi pequeño y malicioso momento de triunfo duró bastante poco y dio paso, sobre todo, a la confusión y la fascinación. Pero, al menos, nos dio tema de conversación y unas cuantas risas mientras entrábamos en la ciudad.
Por aquel entonces, Siem Reap seguía estando bastante poco desarrollada. Carreteras de tierra en algunos tramos. Iluminación tenue. Grandes espacios vacíos entre los edificios. Parecía un lugar todavía intacto para el turismo de masas, y eso hacía que todo resultara inmediato y lleno de vida.
Acabo de buscarla en Google Maps. ¡La leche! ¡Ha cambiado por completo! Y no sé por qué me sorprende.
El niño con muletas
Aquella primera tarde salimos a buscar algún sitio donde cenar y nos cruzamos con un niño que parecía volar sobre unas muletas. Le faltaba una pierna, pero daba la impresión de ser más ágil de lo que yo lo he sido nunca. Se movía por las calles a toda velocidad, sonriendo constantemente, casi ajeno al hecho de que media Europa habría reescrito toda su existencia como una tragedia antes incluso de que hubiera pronunciado una sola palabra.
Y esa es la parte incómoda.
Mucha gente llamaría empatía a esa reacción. A veces lo es. Pero, otras veces, bajo esa empatía también se esconde una silenciosa condescendencia: la idea de que una vida distinta de la nuestra debe de ser, automáticamente, una vida que espera ser rescatada por la nuestra.
Muy cerca de allí, alrededor de Battambang y en otras zonas de Camboya, enormes extensiones de terreno seguían marcadas por las minas antipersona. Muchísimas personas habían quedado mutiladas por explosivos abandonados que seguían cobrándose víctimas mucho después de que aquellos conflictos hubieran desaparecido de la atención internacional. Ver personas con miembros amputados era lo bastante habitual como para que ya no te dejaran paralizado cada vez que te cruzabas con una. Y quizá eso, más que ninguna otra cosa, dice algo profundamente aterrador sobre la guerra y sus consecuencias.
Con los años me he cruzado con muchísimas personas que luchaban por salir adelante en distintas partes del mundo. Al final aprendes una verdad brutal: no puedes solucionarles la vida a todos.
No preguntes su nombre
En la universidad, mientras estudiábamos una novela del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, un profesor dijo que había dos personas que nunca deberían saber tu nombre: el personal de un bar, porque sugería una relación demasiado estrecha con el alcohol, y los policías, porque daba a entender que las autoridades ya te conocían.
Por algún motivo que todavía hoy no termino de comprender, aquel recuerdo volvió a mi cabeza en Camboya. Junto con el recuerdo de lo que creo que era un personaje de Mae West que, cuando le preguntaban cómo se llamaba, respondía simplemente: «Llámame como quieras, cariño». Otra persona que no debería saber tu nombre. Mi cabeza hace esas cosas a veces. Mezcla ideas serias con auténticos disparates y, de alguna manera, acaba llegando a una verdad emocional por caminos completamente inesperados.
Y, en algún punto de todo aquel ruido, mi cerebro se aferró a una única instrucción que no dejaba de repetirse:
No preguntes su nombre.
«No necesitas saber cómo se llama», insistía otra voz. ¡Y Mae West seguía empeñada en que la llamara como quisiera!
Aquello era un mecanismo de autoprotección, evidentemente. Los nombres cambian las cosas. Un niño que vende recuerdos, bromea con los turistas o aparece a la puerta de un restaurante puede seguir siendo una figura anónima hasta que sabes cómo se llama. En cuanto lo sabes, el cerebro lo archiva de otra manera. Deja de formar parte del paisaje del viaje y se convierte en alguien concreto. Humano. Permanente.
Así que, durante tres noches, bromeamos con el niño en un inglés de supervivencia. Aparecía cada tarde con la misma sonrisa enorme y la misma velocidad imposible sobre aquellas muletas. Nosotros bromeábamos. Él nos seguía el juego. Y, mientras tanto, mi cerebro no dejaba de repetir:
No preguntes su nombre.
El niño sin nombre
Habíamos venido a Siem Reap para ver Angkor Wat, pero el recuerdo que más ha permanecido conmigo no tenía nada que ver con los templos.
La tercera noche, mientras regresábamos caminando hacia la pensión, una de las personas del grupo aceleró de repente el paso. Recuerdo haber sentido una sensación de pánico completamente irracional porque sabía exactamente hacia dónde iba todo aquello.
Entonces lo oí.
Gritó: «¿Cómo te llamas?»
Y aquel fue el momento terrible. La pregunta había escapado. El pequeño muro que había construido a mi alrededor se desmoronó antes incluso de que llegara la respuesta.
Porque, una vez que la pregunta existía, la respuesta era inevitable.
Y, cuando llegó la respuesta, nunca volvería a ser el niño sin nombre.
Kim.
Lecturas complementarias
Si esta historia te ha hecho preguntarte qué entiendo por Travellismus, el primer artículo de la serie explica la idea que hay detrás de estos viajes.
Si quieres saber más sobre Angkor y su historia, visita el Centro del Patrimonio Mundial de la UNESCO.