El niño de la camisa de blanco nuclear
En la primera entrada de mi blog, Travellismus – El Blog, mencioné al niño de la camisa de blanco nuclear. Esta es su historia.
El niño de la camisa de blanco nuclear
En 2009 viajé a Hyderabad durante el Ganesh Chaturthi, cuando enormes multitudes salen a las calles para celebrar el cumpleaños de Ganesh, el dios con cabeza de elefante.
Si nunca lo has vivido, imagina ruido con todavía más ruido encima. Cláxones. Tambores. Música atronando en la calle a todo volumen. Incienso. Calor. Humos. Color. Gente por todas partes.
Era por la tarde y estaba sentado al aire libre, en la zona de la terraza del restaurante de mi hotel, fumándome un cigarrillo y ocupándome tranquilamente de mis asuntos. Cerca de mí había una familia tan genéticamente pija que parecía salida de un experimento de laboratorio. La hija tenía unos tirabuzones perfectos. ¡En la India! Auténticos tirabuzones de Shirley Temple. Recuerdo pensar que algún pobre sirviente debía de haber librado una batalla contra la humedad, los cepillos y la intervención divina para conseguir que se mantuvieran en su sitio.
Estaban sentados a barlovento del humo de mi cigarrillo —lo sé, es un mal hábito— y comenzaron a escenificar una teatral preocupación por los pulmones de la niña, completamente ajenos a la interminable fila de autorrickshaws, taxis, coches, camiones y tráileres que expulsaban espesas bocanadas de humo negro de diésel al aire que nos rodeaba. Yo ya estaba cansado, acalorado y ligeramente de mal humor, así que aquella representación me irritó bastante más de lo que probablemente debería haberlo hecho.
Antes de que apareciera el niño de la camisa de blanco nuclear
Oí música al otro lado del muro que rodeaba los jardines del hotel. No era música pulida. Eran tambores, gritos y silbidos.
Apagué el cigarrillo en el cenicero —he de reconocer que con algo más de teatralidad de la estrictamente necesaria, y eso que no me estaba viendo nadie— y salí corriendo hacia mi habitación para coger la cámara. Permítanme aclarar una cosa. Yo no corro. Toda mi filosofía de vida se ha basado desde hace muchos años en el principio de que solo corren los cobardes. Y, sin embargo, allí estaba yo, atravesando a la carrera un hotel de Hyderabad en busca de mi bolsa de la cámara, porque la curiosidad había podido más que mi mal humor y el sentido común me decía que ahí fuera algo pasaba.
Seguí el sonido por la amplia avenida principal hasta alcanzar una pequeña procesión: dos mujeres, cuatro o cinco niños y un cochecito que transportaba un par de pequeñas imágenes de Ganesh apoyadas sobre lo que sospechosamente parecía una bandeja de madera de panadería. No era una «experiencia enlatada». Nadie la había diseñado para los visitantes. Nadie vendía entradas. Simplemente existía, y yo había tenido la suerte de toparme con ella.
Les dirigí esa expresión universal del viajero que viene a decir: «¿Os importaría si me uniera a vosotros?»; una mezcla de sonrisa, asentimiento y ese torpe bamboleo de cabeza tan característico entre los de la India y que significa miles de cosas. Yo he llegado a la conclusión de que significa justo lo que tú estás pensando, por ilógico que parezca. Me aceptaron de inmediato en el grupo. Los niños estaban encantados con la llegada de un gora errante a su pequeña procesión. Por segunda vez en aquel viaje, Hyderabad tenía otros planes para mí. De repente apareció el polvo rosa fluorescente. Ya sabes de cuál hablo. Como el Holi , solo que no era el Holi y yo no esperaba encontrarme con polvo rosa fluorescente… ni con ningún otro color.
Sabía que todo aquello formaba parte de la celebración. Emocionalmente, sin embargo, mi primer impulso fue apretar la cámara contra el pecho para protegerla, como una dama victoriana asustada agarrando sus perlas. Los niños lo entendieron al instante. En honor a la verdad, tuvieron un cuidado casi exagerado conmigo. No paraban de correr y bailar mientras se lanzaban nubes de polvo rosa unos a otros, procurando con un esmero casi cómico no alcanzar al idiota extranjero que llevaba una cámara colgada del cuello.
Entonces lo vi. Al niño de la camisa de blanco nuclear. Caminaba hacia nosotros por la acera mientras nosotros íbamos por la calzada. Empujaba lo que cualquier niño irlandés de las décadas de 1970 y 1980 habría reconocido al instante como una «high Nelly»: la bicicleta que temías encontrarte la mañana de Navidad cuando lo que de verdad querías era una Chopper, una BMX o una bicicleta de carreras. Debía de tener unos trece o catorce años. Y llevaba la camisa de blanco nuclear más impecable que había visto jamás.
La calle era un auténtico caos. Polvo. Ruido. Humos. Color por todas partes. Y, sin embargo, allí estaba él, en medio de todo aquello, emergiendo de entre las sombras con aquella camisa de blanco nuclear que parecía casi luminosa sobre el gris del entorno.
Por qué importaba la camisa de blanco nuclear
Mi primer pensamiento no fue artístico, sino sorprendentemente doméstico. De pronto me imaginé a su madre lavando aquella camisa. En un instante volví a tener trece o catorce años y estaba otra vez en Irlanda. Acababa de tender la ropa cuando empezó a llover. Mi tía me arrastró hasta la ventana diciendo: «¡Mira!». Yo sabía que esperaba alguna reacción. Lo que no sabía era cuál. Miré. Vi que llovía. Me encogí de hombros, pero, por lo visto, aquello no bastaba. «¡NO! ¡NO! ¡NO!», exclamó. «¡Tienes que mirar por la ventana y decir: “¡Ay, Dios mío, y yo que acabo de tender la ropa!”!». Así que eso fue exactamente lo que hice.
Solo entonces comprendí que lavar la ropa no era simplemente lavar la ropa. Era esfuerzo. Orgullo. Esmero. Trabajo. Y allí, en Hyderabad, contemplando al niño de la camisa de blanco nuclear, aquel viejo recuerdo regresó de golpe. Entonces, uno de los pequeños golfillos que tenía a mi lado lo vio. Todo ocurrió al instante. Rápidamente, pero a cámara lenta.
El chaval se lanzó hacia delante con un buen puñado de polvo rosa fluorescente. Mis manos fueron hacia la cámara antes de que mi cerebro llegara a procesar lo que estaba a punto de ocurrir. Incluso hoy puedo imaginar aquel «Nooooooooo…» silencioso que proyecté sobre el niño de la camisa de blanco nuclear mientras la mano teñida de rosa describía un arco por el aire. ¡Plaf! Una buena nube de polvo en toda la oreja.
El niño dio un respingo, volvió bruscamente la cabeza y se sacudió como un perro al salir del agua. Durante una fracción de segundo pareció dispuesto a lanzarse sobre mi pequeño gamberro. Entonces me vio. Con la cámara levantada. Preguntándole con un gesto de la cabeza si podía hacerle una foto. Y, de inmediato, todo cambió. Hizo un leve movimiento de hombros, se acomodó junto a la bicicleta y adoptó una pose. No era enfado. Ni vergüenza. Era pura interpretación. La transformación duró quizá medio segundo, pero aún la recuerdo con absoluta nitidez. La vanidad infantil acababa de imponerse a la indignación en tiempo real.
Clic.
Lo que se quedó conmigo
Esa fotografía sigue siendo una de mis favoritas. No porque sea técnicamente perfecta —no lo es—, sino porque todavía puedo revivir aquel instante casi a cámara lenta: el polvo rosa, la bicicleta, la camisa de blanco nuclear, la expresión del niño y esa fracción de segundo en la que la indignación dio paso a la interpretación.
La fotografía sigue guardada en algún disco duro. Lo que realmente se quedó conmigo fue todo lo que ocurrió durante los diez segundos anteriores a pulsar el disparador.
Esta historia resume perfectamente lo que entiendo por Travellismus – El Blog. Fui a Hyderabad para vivir el Ganesh Chaturthi (haz clic en el enlace si quieres una explicación sencilla de la festividad), pero el recuerdo que se quedó conmigo no fue la multitud, el ruido ni los ídolos. Fue el niño de la camisa de blanco nuclear y un absurdo puñado de polvo rosa.